Los paisajes de la corrupción

Por Alejandro Ramos

Quito pronto dejará de ser conocida como “Luz de América” y empezará a ser “Quito: la ciudad que solo se ve bien desde arriba”. Para poder captar una foto de la ciudad – una digna de subir a Instagram- hace falta estar en un avión a punto de aterrizar en Tababela o subir al Panecillo. Desde el suelo, a la altura de un peatón, es imposible captar una fachada, un atardecer o un volcán sin la intromisión de una telaraña de cables o una oscura nube escupida por violentos y grises autobuses. Quito, en el 2019, recuerda al Londres de la “Gran Niebla” de 1952. Lo bueno es que aún no se desarrollan cámaras con la capacidad de capturar los olores de nuestra ciudad, llena de “puntos húmedos” y, también, “puntos secos”. Es que ser peatón en nuestra amada capital es un pecado. Manejar un carro, sin embargo, puede ser aún peor, al menos que se tenga un carro todo terreno con amortiguadores de última generación.

Esta descripción dramática del espacio público de Quito no debería sorprender a nadie que conozca la larga historia de corrupción política que ha tenido nuestro país. Es que la destrucción del espacio público y la corrupción están íntimamente unidos y ambas se retroalimentan en una especie de círculo vicioso.

El espacio público de una ciudad es la manifestación física de lo público, lo que nos pertenece a todos. De la misma forma en que la reserva monetaria del Ecuador pertenece a todos los ecuatorianos (quienes confiamos su administración al Estado, en representación nuestra), todas las calles con sus veredas y luminarias, plazas, parques, puentes, bosques, etc., que no sean propiedad privada de alguien, nos pertenecen a todos. Estos no representan parte del patrimio económico de la ciudad, solamente, son también reserva cultural, histórica y ambiental. Es por ello que es errado creer que el espacio público no pertenece a nadie, que está allí, ajeno a mí, y que, como no me pertenece, puedo maltratarlo sin ninguna consecuencia. Se ha perdido la conciencia de “lo público” en todas las esferas: se ha perdido la conciencia de que su importancia radica justamente en que no pertenece a nadie en especial y a la vez le pertenece a todos y a cada uno de nosotros.

Respetar y cuidar el espacio público equivale, entonces, a respetar y cuidar los recursos públicos, que al final son los propios. Y lo contrario también es cierto: dañar el espacio público equivale a dañar o robar el patrimonio que nos pertenece a todos. Se podría decir, entonces, que los espacios urbanos quiteños están convirtiéndose poco a poco en Paisajes de la Corrupción . Entre un político que roba al Estado al cobrar un soborno para la adjudicación de una obra y un simple ciudadano que se orina en una pared, no hay mayor diferencia. Haciendo una analogía, parecería que hay muchos políticos que han hecho grafitis en la fachada de la Iglesia de la Compañía o que han convertido al Monumento de la Independencia en un punto húmedo.

Esta relación entre espacio público y corrupción, sin embargo, es mucho más peligrosa de lo que podemos imaginar y es que la corrupción no solo nos roba el patrimonio monetario de la ciudad, también nos limita las ventajas que podemos obtener del espacio público. Sin embargo, tiene en sí misma el germen de su solución. Muchos arquitectos paisajistas han propuesto a lo largo de la historia la capacidad de los espacios públicos de educar a la ciudadanía. Son especialmente interesantes las ideas al respecto de Frederick Law Olmsted, diseñador del Central Park de Nueva York y Jean-Charles Alphand, diseñador del Parque des Buttes-Chaumont de París, quienes hablaban de la capacidad democratizadora de un espacio público, permitiendo la convivencia en él de personas de toda clase social; o de la paisajista Elizabeth Meyer, quien resalta el papel protagónico que tiene la belleza en concientizar a la ciudadanía sobre la protección al ambiente. Yendo un poco más allá, en tiempo y en profundidad, podemos incluso mencionar a Platón en Simposio hablando de la experiencia de la Belleza como una escalera que permite ascender hacia desarrollar “costumbres bellas” y culminar “alcanzando la virtud”.

Es así que como sociedad debemos apuntar hacia un gran objetivo en común: generar espacio público digno y dignificante, espacios urbanos bellos; espacios que inviten a la gente de todas clases sociales a convivir en un mismo sitio; que los que tienen dinero no se vean “obligados” a recluirse en sus urbanizaciones y clubes privados, que los que no podemos pagar ninguno de esos dos no tengamos exponernos al trato inhumano que brindan los espacios urbanos quiteños. Que todos podamos convivir en la ciudad y sintamos como propio el espacio que nos rodea, porque lo es. En momentos en que temas como la ternura de la fauna urbana o los concursos de belleza parecen ser prioritarios para nuestras autoridades, debemos mostrar cuál debe ser la prioridad y el objetivo común: la reconstrucción física y ética de nuestra ciudad.

Quizás vale la pena preguntarnos si el primer paso que debemos dar como sociedad hacia superar nuestros constantes problemas de corrupción empieza por empezar a ser conscientes de la existencia de “lo público” y su manifestación en calles, parques, plazas y bosques. Es decir, aprender a convivir en el espacio público y, finalmente, aprender a cuidarlo. Una sociedad que sabe cuidar lo público producirá políticos que sepan cuidar lo público después. Es hora de convertir estos Paisajes de la Corrupción quiteños en aquellos paisajes que describía un poeta ecuatoriano y que hoy suenan totalmente contrarios a la realidad:

Ciudad iluminada entre cerros,

enarbolas el sol como una diana,

mantienes por banderas las montañas

y siembras flores verdes en el cielo.


Más sobre el autor:

Alejandro Ramos, Arquitecto – Universidad San Francisco de Quito.

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